lunes, 12 de septiembre de 2022

Ay,
no sé muy bien qué decir.
Ah,
tampoco sé del todo qué hacer.
Mejor callar,
permanecer quieto,
quiet,
still.
Es mejor
morir en silencio
dejando estela de misterio,
prefiero irme sin explicaciones
a romper corazones.
En mil pedazos.
Imposiblemente descifrar.
Todo el mundo quiere fortuna,
libertad
y dinero,
yo me inclino por la tranquilidad
hasta que me quedo dormido.

Ya renuncié a todo,
una vez cada día
por cada vez que deseé
más de lo que cabía en mis bolsillos,
si no hay una cosa que pueda poseer
entonces
tampoco nada que pueda desear.
Resbalan por mi piel como teardrops
sentimientos que se desangran,
baño mi cuerpo en su jugo,
me mezclo
porque es la única manera
que se me ocurre de enmendarlo.
Me siento identificado contigo,
me creo que el mundo es mío
y me indigno cuando demuestra lo contrario.
Lo he hecho gratis unas mil veces,
no me importaría hacerlo de nuevo;
puedo ser mi propio dios,
diseño inteligente
y ángel caído,
ya lo fui unas mil veces.

Y por desgracia
sufrir no es tan romántico
como cuentan en películas y novelas,
ni dejar la medicación
o combatir el suicidio,
ni pagar facturas
o follar sin condón.
Esta demencia empezó como un juego,
ahora no la puedo controlar,
¿me vas a decir
cómo lamer mis propias heridas?
Tú no tienes decencia
ni tiempo para aprender,
yo no tengo ganas de enseñarte.
Este juego nunca fue algo divertido,
ahora a veces sí,
¿me vas a decir
cómo atar una soga?

Yo soy como un loto
que nace en el lecho del río
y florece por encima del agua.
Nadie lo esperó
y por eso tienen que cortarlo
para entenderlo.
Elijo vivir.
Puta.
Elijo seguir viviendo.


Rosalía - Full TikTok Live Performance

jueves, 25 de agosto de 2022

En la vida la capitulación de una idea es una victoria, aceptar cambios permanentes y asumir la culpa total de tu miseria y tristeza, es algo que se ha de lograr con sorprendente frecuencia. De no ser así, el mundo entero te devorará de un bocado o a pequeños mordiscos, y tu voluntad y tu alma se verán mermadas porque no serán capaces de comprender el error que cometieron.

La muerte es la última de las capitulaciones, a veces es tomada por el cuerpo y otras por la propia consciencia, pero siempre es inevitable. La muerte es la aceptación completa del cambio, y por lo tanto también de la naturaleza de este Universo. Morir es eximirse de todos los pecados y regocijarse en el descanso, sin duda la redención suprema para todo ser viviente. Esto demuestra como cierto lo que muchas tradiciones han promulgado por milenios, Dios es exigente y obcecado, pero también benevolente. Dios siempre ofrece el descanso, otorga el perdón incluso al peor de sus enemigos.

Al fin y al cabo, se podría pensar, la vida sólo es tortuosa cuando se experimenta.


Khuarangbin - Mordechai (Full Album)

lunes, 22 de agosto de 2022

Vazío

Recuerdo el calor, el calor era normal. Recuerdo los ataques, los ataques eran normales. Recuerdo la desidia, el miedo a un futuro muy próximo, sin oportunidad de ser feliz, que me seguía de cerca como mi propia sombra aguardando a que El Sol alcance su cénit. Poco antes de mudarme había comenzado a experimentar algo nuevo, un vacío, una calma y pacífica redención disfrazada de arrogancia que me hacía padecer el más tortuoso y sosegado de los limbos. Cuando ese hueco se plantaba en mi pecho me tumbaba en el suelo, pues era la única manera de mantener una temperatura agradable, y observaba el techo sin saber muy bien por qué. Cobraba una prestación por desempleo y no sabía si sería capaz de volver a trabajar en nada alguna vez, tampoco sabía muy bien por qué.

Plasmado en aquel techo como un lienzo en ocasiones podía apenas vislumbrar a través de mis párpados, ensoñecido pero aún en vigilia, un agujero en el aire que absorbía una oscura y sucia materia mucosa que se filtraba por mi pecho. Esto es bueno, pensaba yo, y cada vez que me agarraba un ataque y tenía calor me tumbaba en el frío suelo y mientras me enfriaba el agujero cósmico hacía su trabajo. Siempre cuando mis ojos estaban cerrados, siempre cuando no estaba del todo seguro de lo que estaba ocurriendo. Algunas veces me daba miedo abrirlos, otras sencillamente cuestiono que fuese físicamente capaz. ¿De qué absurdo terror está plagado ese lugar que se alimentaba de toda mi ansiedad?

Vivía en un barrio de mierda construido a base de callejones, gatos, orines, basura y personas de muy diversas etnias gritando y ejerciendo su violencia la unas con las otras. Bloques de pisos altos y juntos, gente que se droga, gente que engendra y cría hijos, gente que vuelve del trabajo, gente que nunca va o vuelve del trabajo porque vende droga. Todas las noches podía escuchar alguna voz en la lejanía sollozando y esgrimiendo desesperados aullidos de locura, de vez en cuando esto ocurría bajo la ventana de mi cocina, los pobres son siempre los primeros en perder la cabeza. Sin embargo, la soledad que alcancé procuró ser por momentos reveladora, y esa frase: «la ansiedad es la llave que abre las puertas que impiden ver la verdad», aparecía y se iba de mi mente como el vacío aparecía y se iba mi pecho.

Yo era pequeño y el mundo era enorme, la vida se reía de mí y me prometía las peores calamidades, pero como aún no podía morir incluso La Muerte de vez en cuando se aburría de tanto acecharme y se fumaba un cigarro conmigo. La Muerte no se preocupa por la toxicidad del tabaco porque no tiene pulmones, tampoco tiene alma por lo que siempre sufre de melancolía. A veces estaba totalmente seguro de que iba a matarme a mí mismo en poco tiempo, esa era la peor de las sensaciones que traía consigo el vacío, la absoluta certeza de una muerte temprana.

Contar ideas suicidas nunca viene demasiado bien, si tienes idea de suicidarte y hablas sobre ello se plantean dos escenarios: en el primero finalmente no te quitas la vida y quedas como un idiota por haber andado por ahí asustando a la gente en busca de un poco de atención, en el segundo realmente optas por el suicidio y las personas pueden llegar a evitar tu cometido. El suicida no planea, ni habla, ni piensa; el suicida se mueve, decide, actúa. Deliberaba en todo aquello mientras yacía casi inerte sobre el suelo, de por sí reflexionar tan metódicamente en la muerte puede considerarse un pensamiento suicida, y me sentí muy orgulloso de él, aunque éste a su vez restara veracidad a la hipótesis de mi futura muerte según mi anterior análisis. La idea del suicidio nunca representó para mí una alternativa fiable, ni siquiera digna de considerar, la cuerda nunca había estado tan tensa pero sabía que mi obsesión por mi propia muerte no podía ser circunstancial. Algo había en mi cabeza venía mal de fábrica, por lo tanto, si de alguna manera tenía que librarme de mi peor enemigo entonces tendría que deshacerme de mí mismo, por el momento esa alternativa contaba como la opción B. ¿Cuántos días desde que nací? ¿Cuántos días hasta que muriera? Si existe certeza de que algún estímulo sea verdadero yo no la conozco, sólo conozco mi propia conciencia.

Y mientras tanto mis amigos me llamaban, mis padres me llamaban y yo nunca cogía el teléfono, no quería salpicar a todo el mundo con mi mierda, no quería tener que explicar a la gente lo que se siente estando en mi cabeza. Si le dices a alguien que tienes cáncer entiende lo que implica aunque ni siquiera sepa realmente qué es el cáncer, una palabra basta para ahorrar diez minutos de conversación en los que tienes que explicar a tu espectador, en base a conceptos difusos y desconocidos para éste, todo lo que implica un trastorno mental.

Como ya he dicho el suicidio nunca me pareció la más conveniente de las soluciones frente al dolor y sufrimiento inherentes a la extraordinaria experiencia de la existencia humana, pero temía que llegado un momento de extremo pánico y ansiedad optara por la opción más cobarde.

Tal vez podría sufrir una sobredosis, o una caída desde la azotea, o un accidente de tráfico, o padecer un episodio de desangramiento espontáneo a través de las arterias de mis brazos. Debido a ese miedo, y sólo por prevención, escribí una sencilla y breve carta de despedida a mis seres queridos junto con una lista de últimas voluntades.


LO SIENTO


Siento desde lo más profundo de mi ser un fulgurante sentimiento de vergüenza y de condena porque sé el irreparable daño que mi decisión ha de impartir a mis más seres queridos, pero aún más me quema el sentimiento de saber que jamás seré capaz de adaptarme a este mundo loco. Ya no me quedan fuerzas, por algún motivo este ha de ser mi destino, y no me cabe la menor duda de que todos aprenderemos de esta horrible experiencia. Hay muchas otras vidas que vivir, más de las que ya hemos vivido, y cada alma debe de explorar su propio camino.

A todas las personas a las que alguna vez hice daño, amé o me amaron: pido de rodillas la más humilde de las disculpas, sé que no merezco perdón, pero tampoco vuestro odio. Sin embargo espero algún día encontrar redención por la siniestra pena que os he procurado para el resto de vuestras vidas, pero no temáis a la muerte como yo lo hago, pues la responsabilidad de ésta no recae sobre los hombros de ningún mortal, y no temáis tampoco al olvido, porque siempre estaremos juntos aunque lejos.


Os amo.


Dos meses más tarde de escribirla finalmente me pareció oportuno usarla. Tomé tantos ansiolíticos y sedantes como pude, así como whisky, y me tumbé en mi cama bebiendo alcohol a lapsos breves. Mantuve el cuerpo en posición completamente horizontal y la cabeza apuntando al techo, ya que de ese modo incrementaba las posibilidades de muerte por ahogamiento si vomitaba encontrándome inconsciente. Lo siguiente que recuerdo es despertar en una cama de hospital en un estado físico extremadamente débil, vacío de todo salvo de cansancio, también había gente que no pude reconocer a mi alrededor, un aura lúgubre flotaba sobre las cabezas de todos ellos. Me pareció que nadie se percató de mi desvelo y volví a caer en el sueño. El cuerpo humano es muy resistente en cierto sentido, es fácil lesionarlo, estropearlo parcialmente, pero en cuanto a suicidio se refiere, o te pegas un tiro o te tiras desde un noveno, de cualquier otra manera siempre es un asunto bastante tricky.

Esta noche se cumplen dos años desde aquella noche, y puedo jurar con la mano sobre el fuego que me alegro de haber fallado.


Robohands - Violet (Full Album)

sábado, 6 de agosto de 2022

Lo que no quieres pensar

Dos y media de la tarde, pleno verano en La Apestosa Costa del Sol, cuarenta y cincos grados, el aire es derretido por el asfalto que roza creando una distorsión en la luz, haciendo parecer que la carretera se deforma. En sus respectivos ataúdes metálicos motorizados se cuece una turba de humanos que han perdido el alma (que no saben donde encontrarla), todos aguardando sudorosos en una cola de dos kilómetros en el acceso a la ciudad sin dios. Marco "El Loco", apodado así por todas las locuras estrafalarias que había cometido en su infancia y adolescencia, es un trozo de carne más cocinándose a fuego lento. Justamente aquel día diez años atrás, aunque él no lo recordaba, había secuestrado al bueno de Paco "El Pestoso" AKA Paquito "Pestes", el pobre acabó por cagarse y mearse encima porque lo mantuvo atado y amordazado a una silla durante dos días. Marco había aprovechado que su madre le había dejado solo en casa durante un fin de semana porque se iba de visita a ver a una amiga. Nunca más volvió. En cuanto a su padre ni siquiera le conoció, lo único que le recordaba a él era la horrible cicatriz que dejó en el rostro de su madre una vez que éste la atacó con un trozo de cristal afilado. La marca era como un cañón que separaba violentamente la tierra de su carne en dos. Marco El Loco no podía mirar la cara de su madre (o recordarla) sin cabrearse. Cabrearse bien, cabrearse del rollo te entran ganas de vomitar y destruir el primer cuerpo dotado con el don de la vida que se cruce en tu camino.


De vuelta a esta asquerosa ciudad, pensaba Marco, aunque hacía un año que se había mudado a otra, seguía asistiendo al psiquiatra que mientras vivía en la ciudad sin dios se le había asignado, después de tanto tiempo con el mismo cambiar no tendría mucho sentido, aunque tuviera que trasladarse de una ciudad a otra para cada cita. Tampoco importaba, la cosa estaba fatal porque todo el mundo andaba mal de la cabeza después del covid, así que todo el servicio de salud mental se encontraba realmente colapsado y las citas eran cortos encuentros de cuarenta y cinco minutos que se producían cada tres o cuatro meses. Una vez más tampoco importaba, Marco tenía que ir para que al menos se le hiciera un seguimiento de la medicación que tomaba, le habían convertido en un adicto, tenía que renovar su demanda de droga. La necesitaba para saciar su dependencia y para no matarse. La escasa terapia no le había curado, tampoco los psicotrópicos ni los antidepresivos, tan sólo el tiempo y la tranquilidad podían hacerlo.


Su psiquiatra era una mujer cabal, alta, media edad, profesional y agradable. Era argentina y se llamaba Solange. En cada visita la cosa se retrasaba y entraba más tarde de la hora acordada porque el personal estaba realmente saturado, mejor para Marco, así perdía más tiempo de trabajo. Aunque normalmente le agradaban las conversaciones durante la terapia, en los últimos encuentros se había encontrado desanimado por los consejos y opiniones de su terapeuta, la órbita de la charla formaba una elipse alrededor de sus pensamientos obsesivos relacionados con el suicidio y el uso abusivo de drogas. Marco ya casi no consumía drogas que no le fueran recetadas, el alcohol le aburría, las pastillas habían perdido toda su gracia después de tanto tiempo tomándolas, la marihuana aún de vez en cuando le daba paranoia, la cocaína y demás mierdas estaban bien para un rato, pero también le aburrían, eran caras, destructivas y provocaban adicción. Ya tenía suficientes adicciones.


La doctora le recordaba una y otra vez que tenía muchas razones para seguir vivo, él lo sabía sin lugar a dudas, pero la sensación constante de su propia rendición ante la vida era lo que más le atormentaba. No era un pensamiento consciente, llegaba a su cabeza y se quedaba allí adentro por unas horas, luego desaparecía, luego volvía. La mitad de su tiempo lo pasaba creyendo, sin un ápice de duda, en la absoluta certeza de que algún día se quitaría la vida. Se acostumbró tanto a ese sentimiento que simplemente lo aceptaba a regañadientes, lo toleraba como cualquier otra manera de morir, tal vez a él le llegaría la hora un poco antes de lo esperado, ¿importaba acaso? A veces le hacía sentir especial, saber que algún día él decidiría dónde, cuándo y cómo. Mierda, la mayoría de la gente no toma verdaderas elecciones, él podría llegar a hacerlo.


Los escasos cuarenta minutos de terapia se acabaron rápidamente, Solange le despidió con una sonrisa o lo que parecía ser una sonrisa detrás de su mascarilla. La gente ya no sonreía con la boca, sino con los ojos, había que reaprender el lenguaje facial de las personas. Marco salió de allí, arrancó el coche, subió la colina en busca de un lugar tranquilo para tomar café, siempre lo hacía después de la terapia. Aparcó cerca de un lugar que divisó mientras conducía, de camino al bar dió un rodeo para pasear, probablemente sus pasos inconscientes le llevaron de cabeza a una plaza en la que sólo había estado una vez en aquella ciudad sin dios. Era una bonita explanada peatonal con una fuente en el centro, había varios restaurantes, en uno de ellos hacía meses había almorzado con una chica mexicana que conoció en Tinder. Pasaron una tarde maravillosa entre besos y caricias, fue el primer y último día que se vieron, pues la chica, Scarlett, estaba de vacaciones en España y se marchaba al día siguiente.


—Tanto amor que dar y tan poco tiempo. —Decía Marco, con una erección monstruosa.


—Seguro que el tiempo nos dará otra oportunidad, mi amor. —Respondía ella con cariño apretando su cuerpo con el de Marco.


Sólo el tiempo podría saberlo, ahora se encontraban a varios miles de kilómetros el uno del otro. Marco no pudo evitar sonreír y enviarle una foto del lugar, ella contestó inmediatamente con un icono de un corazón rojo. ¿Qué hora será ahora en México? Ay, su linda tlaxcalteca de la que había olvidado el rostro, pero no sus tetas ni su corazón. Entonces Marco levantó la mirada, pudo ver claramente a dos jóvenes comiendo juntos en la misma mesa del mismo restaurante que un día aquella bonita pareja ocupó. Los estaba viendo, estaban allí, eran él y Scarlett, aunque sabía que no podía ser cierto, decidió que fuese real. Analizó sosegadamente y desde la distancia, aunque de los dos rostros sólo pudo ver el suyo, pues Scarlett estaba de espaldas según su perspectiva. Una fina y soluble nube se interpuso entre El Sol y la ciudad sin dios, haciendo que la luz ambiente tomara tonos más oscuros, cuando la nube se separó siguiendo su camino dejó a su paso un rastro de mortecinos reflejos verdosos que pronto lo inundaron todo. Esa alucinación en concreto le gustaba mucho a Marco, el verde era un color que le relajaba, movió de nuevo su vista y los jóvenes habían desaparecido, el restaurante ni siquiera estaba abierto. Pero todo seguía verde, cada vez más verde, curiosamente la vegetación había perdido sensiblemente parte de su coloración y prácticamente sólo reflejaba tonos sepia.


Un viejo se paró a su lado, durante esas horas debido al calor no había nadie por las calles, eso le gustaba a Marco, pero la gente le disgustaba, el viejo le disgustaba.


—¿Un día duro, muchacho? —Preguntó el carcamal aburrido y arrugado, mientras se sentaba a su lado y apoyaba su peso en su bastón.


—No más que cualquier otro. —Respondió Marco sin mirar a la cara al tipo mientras todavía alucinaba.


—Ah, ya lo creo.


Mierda, pensaba Marco, tengo que conducir treinta kilómetros de camino al curro y no sé diferenciar "lo que es real" de "lo que no es real". Un día de estos me mato por accidente en lugar de por voluntad propia.


—Bueno, tenga usted un buen día, caballero. —Dijo Marco en voz muy alta. —Mi descanso ha terminado.


—Que te vaya bien, hijo.


Marco tomó su café y no le fue ni bien ni mal.


Ryo Kawasaki - Juice (Full Album)

miércoles, 20 de julio de 2022

Todxs locxs

Era una espléndida y luminosa mañana de Verano cuyo calor sólo avivaba mi tormento. Sacudí mis tristes pensamientos y lavé mi cuerpo (lo sequé al viento), al salir de la ducha me topé, casi con sorpresa, con el reflejo de mi fisiología en el espejo del baño. Me sentí raro, sentí que ese trozo de carne no era yo; ahora me encontraba completamente desnudo en cuerpo y alma, y ese extraño que me observaba y que era una copia de mí, sin lugar a dudas, no era yo. Me vestí rápidamente, bostecé una y otra vez antes de salir de casa, ya asomaba El Sol pero aún la brisa matutina sazonada en salitre ponía mis bellos de punta.

Solía tener este amigo, depresivo y enfadado con el mundo entero, con el que tomaba café en el bar de la esquina por las mañanas muy temprano porque ninguno de los dos teníamos costumbre de dormir por las noches. Era vasco, para ser vasco era muy gracioso, lo era porque decía tal cantidad de frases por minuto que por mera estadística siempre decía algo que me hacía reír. Por lo demás, sin embargo, la inmensa mayoría de cosas que salían por su boca eran una amalgama heterogénea de profundas y horribles maldiciones que formulaba hacia aquellos que en el pasado le procuraron desgracias, además de críticas e insultos hacia esta sociedad de mierda que se iba al carajo inexorablemente; era un hombre que vivía su vida terriblemente atormentado. Él, por supuesto, tenía todas las soluciones a todos los problemas, pero nunca las llevaba a cabo. Era esa clase de persona. Siempre pensé que acabaría suicidándose, si lo pensaba de mí, que me iba más o menos bien en la vida, de él no podía esperar nada mejor. Nunca vi a alguien del norte adaptarse al cien por cien a la idiosincrasia y al modo de vida del sur, el amigo no era una excepción.


—¿Me pone un mitad doble y un cortado doble, por favor? —Dije al dueño del bar, que atendía en la barra.

—Vamos a intentarlo. —Dijo, y al cabo de un minuto al tipo se acercó a nuestra mesa con rapidez y sirvió los cafés, dos mitad doble. Le sudaba los cojones todo.

—Muchas gracias, caballero. —Dije con una sonrisa sincera.


Me encantaba aquel lugar, típico bar de borrachos mañaneros, viejas arrugadas con más cara de perro que sus propios perros, currantes que toman sus dosis de cafeína para aguantar la sofocante jornada de trabajo que los espera, y toda esa clase de gente; personas en cuyos rostros podías leer las huellas de un pasado tortuoso y el miedo a un futuro aun más oscuro. En el bar nunca había nadie normal, ni siquiera mi amigo o yo. Justo en frente había un "sanatorio mental" (o como coño lo llamen ahora) y cada mañana algunos internos que tenían permisos de salida se acercaban al bar. Una vez más, expresiones faciales estúpidas, agotadas, tristes. Algún día seré uno de ellos, pensaba yo. Ya me sentía como ellos por dentro, en parte al menos, pero cuánto me demoraría para también serlo por fuera era una incógnita.

El vasco seguía con su retahíla de insultos y quejas por su trabajo, por el gobierno fascista que nos amordazaba o por sus viejos traumas infantiles que todavía le atormentaban.


—Los putos fachas de mierda, ahora quieren poner un muro en Melilla al estilo Trump y prohibir la educación sexual en los institutos. —Decía indignado con su café en una mano y un cigarrillo en la otra, la cual movía enérgicamente. —Y encima la mayoría de los hijos de puta éstos, descendientes de terratenientes y de altos cargos fascistas durante la dictadura, no han cotizado ni un puto año de trabajo en su puta vida. ¡Hay que joderse!


Había que joderse, claro, no había otra alternativa para los pobres, nunca la hubo. Además eran tiempos post-covid, las personas se habían vuelto medio locas, más lo locas que ya estaban antes.

Después del café y el cigarro acostumbrábamos a ir a un parque cercano, nos tumbábamos sobre la hierba fresca bajo la sombra de un olivo, fumábamos algún porro y cuando el calor arreciaba nos despedíamos y cada uno se iba por su lado. De vuelta a casa paré en la farmacia para ver si ya me tocaba sacar mis pastillas de loco.


—Buenos días. —Dijo muy educadamente la farmacéutica. Una mujer cercana a los cuarenta con ojos verdes y brillantes y un cuerpo grueso y moldeado donde la carne se situaba en los lugares idóneos para hacer de su contorno algo delicioso. —¿Qué deseas?

—Quiero saber si ya me toca sacar el clorazepato y la sertralina. —Respondí.

—Sí, ya puedes sacarlos. —Dijo al comprobar los datos de mi tarjeta en el ordenador. —¿Los quieres?

—Si eres tan amable. —Sonreí a través de la mascarilla.


Ella se marchó a por mis medicamentos y a través del pasillo pude contemplar aquel culo ondulante, grande, redondo y proporcionado; casi hasta llegar a él los bucles de su melena castaña se agitaban con gracia. Mientras tanto, en el mostrador de al lado había una vieja requetevieja comprando su dosis. Otra farmacéutica le atendía y le dió, entre otras cosas, sertralina, a lo que la vieja preguntó:


—¿Esto pa' qué es? 

 —Para controlar la tristeza, señora. —Dijo la farmacéutica. Aunque la pobre anciana, entre tantos medicamentos que engullir para sobrellevar lo poco que le quedaba de su miserable existencia, se mostraba confusa.

—¿Le importaría escribirlo en la caja? Para acordarme.


En eso llegó mi medicación.


—Aquí tienes, son sesenta y cuatro céntimos. —Dijo la mujer colocando las pequeñas cajitas frente a mí. Agarré la droga, la guardé en mi riñonera y le di cincuenta y cinco céntimos.

—El céntimo que sobra puede donarlo al lobby de las farmacéuticas. Muchas gracias y tenga un buen día.


Estaba decidido, la tía estaba muy buena y hoy sería una buena jornada de trabajo. Me encerré en mi estudio y aquel día transcurrió como cualquier otro.


José González - In Our Nature (Full Album)

viernes, 8 de julio de 2022


Oh,
mierda.
¡Oh,
santa y gloriosa mierda
sobre la que caminan mis pies
descalzos y magullados!
Me arrepiento
profundamente de tantas cosas,
por eso pienso
que debo ser un chico muy malo,
porque no siento remordimiento.
Por errar,
por intentar,
por sobrevivir.

Uno
tiene que llevarse algo a la boca
para no volverse loco.
El yonqui del parque 
tiene sus mierdas, 
el presidente del gobierno
las suyas y
yo
las mías.
Algunos
tienen un techo
pero no dinero,
otros
tienen trabajo
pero no una cama,
tampoco amor,
ni soberbia,
ni libido.
¿Hay algo peor 
que pasar por este mundo 
sin dejar rastro?
¿Hay algo más hermoso
que pasar por este mundo
sin dejar rastro?

Yo
ya estoy cansado,
cuanto más descanso
más cansancio,
yo
ya estoy aburrido
de estar agotado.
Aunque veces siento,
como si fuese real,
que cruzo la frontera del terror
y me encuentro
entonces
en el estado mental
mortalmente calmo y amable
que se encuentra al otro lado.
Nada
me hiere porque
nada 
deseo y 
nada 
tengo, pues en ese momento
he renunciado
a cualquier cosa.

sábado, 2 de julio de 2022

Qué incompleto creaste al hombre, Señor, tú que le diste deseos de surcar los cielos pero no alas para volar, además lo castigas otorgándole la razón para que así sea consciente de su propia miseria. Ay, pienso a veces, que la crueldad rige la vida y la muerte, los astros, las estrellas y el universo entero; y como este, el sufrimiento es eterno.

Algunos deseos, por otro lado, muestran una singular naturaleza tan poderosa que parecieran ser tangibles, pudiendo incluso interactuar con la materia. Algo inmenso y terrorífico que, sin embargo, esconde una ignota belleza indescifrable que entraña un secreto oculto, bañado de oscura nostalgia y recuerdos azarosos que pueden destruir el espíritu. Aquellos días de inquietud pasada se mezclan con los del presente y me persiguen incesantemente, por irónico que resulte, eso mismo me hace seguir adelante por creer en la redención.

Pero cuando ya no hay nada por encima de uno, salvo El Señor y sus enigmáticos susurros, el mundo invita a los sentidos a disfrutar de su mediocridad. El terrible principio de que nada es cierto, o al menos de que nada puede ser probado como tal salvo la existencia misma del individuo, encierra un misterio inconmensurable. Así pues me retiro a mis funciones como un monje a sus tareas, sin preguntar por qué o cómo, acaso suspirando por una fe indescifrable. No conozco otra manera de sobrevivir a la muerte que dejar un legado tangible que haga tambalear el corazón de las personas, y de ese modo, también los de la civilización entera.

Aun sin hallar una certeza absoluta que nos defina, aun sin encontrar un bastón sobre el que apoyar esta endeble empresa que es la vida, siento que puedo demostrar un sentido que todavía me es desconocido y enigmático. Tal vez, por consiguiente, hemos de creer que el ser humano es un pedazo de carne, como cualquier otro, rellenado de vida, y que al igual que la semilla que cae del árbol, estamos sencillamente destinados a obedecer el dictamen superior: la obcecación por perdurar en el tiempo, pues somos esclavos de él.


Anita O'Day - Sings The Winners (Full Album)

martes, 28 de junio de 2022

La llamada

Tuve la sensación de que los mundos giraban a mi alrededor y bebía del infinito, mi cuerpo se descompuso en partículas diminutas y estas, a su vez, en fibras extraordinariamente finas que acabaron por desaparecer en el aire, mi mente se evaporó al contacto con el mundo real y toda mi alma se derramó en el interior de un recipiente hueco que llenaba por completo casi hasta rebosar. Sentí un gozo sin fin, podía verlo todo, saber lo que quisiera, hacer cualquier cosa que pudiera imaginar. Pero simplemente permanecí impasible, sereno, observando el universo entero desde mi cama, disfrutando de la creación sin más necesidad que la de contemplar semejante espectáculo. La conformidad, me dije, es algo que sólo el dolor puede traer, el bien es impulsado por el mal. Sonreí inducido por ese pensamiento, a continuación solté una leve risa, después estallé en carcajadas y todo el cosmos reía conmigo, éramos como el individuo que observa su reflejo con la conciencia de que no hay diferencia alguna entre lo que se es y lo que se observa.


De mis ojos brotaron lágrimas de emoción, pude sentir como todas las galaxias y los cuerpos celestes que las conforman experimentaron la misma sensación. Todos los secretos de la eternidad estaban resueltos para mí, ya no tenía forma, no tenía sentido temer a nada porque todo lo conocía. Entonces el miedo al dolor, la soledad, incluso el suicidio; todo cobró una perspectiva terriblemente cínica y la mera existencia material era como un chiste. No hubo diferencia para mí entre el sueño y la vigilia, la imaginación y la realidad, la vida y la muerte, el pasado, el futuro y el presente; cada ejemplo simulaba representaciones de la misma unidad. Uno era parte de esa cosa única y excepcional, pues existía en el interior de sí misma y su grandeza podía resumirse en un grano de arena. Los minutos no pasaban, simplemente ya no tenía sentido pensar en un principio y en un fin puesto nada dejaba de existir o existía por primera vez, el concepto de tiempo carecía de utilidad pues este no podía definirse como una línea recta. La inmensidad sin fin de toda la creación no era más que una ficción, un teatro, una sátira.


Aquello era bello, hermoso, era imposible de describir, algo inaudito. Di las gracias un millar de veces desde lo más profundo de mi alma, canté con voz sorda el santo nombre del Señor mientras recordaba todas las tribulaciones y errores que me habían sofocado durante esta vida y las anteriores. Sonreía de nuevo, sollozando feliz, lleno, completo. El destino se había manifestado, la providencia me amaba y yo amaba al resto de todas las cosas que existen, existieron y existirán incluso en los planos más bajos y oscuros planos de la existencia, del mismo modo que había aprendido a amarme a mí mismo.


De pronto, de igual modo en el que aquella manifestación divina se mostró ante mí también se marchó. Sentí la inercia de quien atraviesa de espaldas un túnel estrecho a velocidad pasmosa, luces de colores que no conocía se precipitaron alrededor de mí en dirección opuesta a la que yo me dirigía. Traté de agarrar con mis propias manos aquellos símbolos, fractales, formas imposibles que mi comprensión no alcanzaba; pero ya no tenía un cuerpo físico, sólo podía ver lo que transcurría ante mí. Un estímulo exterior, propio del mundo material, acabó por devolverme a la realidad en un instante, sin duda a esas alturas era perfectamente capaz de discernir entre un hecho de origen divino y otro de proveniencia material. Se trataba de la sintonía jazzy de mi teléfono, algún malparido había interrumpido mi viaje con una llamada. Aún atónito y con el pecho encogido agarré el aparato.


—¿Quién habla?

—Vi. ¿Dónde estás?

—¿Quién coño eres? —Pregunté todavía desconcertado, aún sabiendo que había vuelto a «la realidad» no podía estar seguro del todo.

—Soy Marco, el que te da de comer. —Marco era mi jefe, un despiadado empresario explotador con un claro síndrome narcisista que se autoproclamaba comunista.

—Ah, Marco. Lo siento, estaba teniendo un sueño extraño y me he despertado muy atontado. -Dije fingiendo arrepentimiento por mi ordinariez.

—¿Estás disponible ahora mismo?

—¿Disponible para qué?

—Para ayudarme con un trabajo. —Respondió con tono quejoso, como solía hacer, demostrando sin pudor su desprecio por cualquier conversación que pudiera resultar beneficiosa para su fin pero tediosa para su sosiego, especialmente con individuos a los que consideraba inferiores. Inferiores como yo, un simple subordinado, o como el noventa y cinco por ciento de la población mundial.

—Aguarda un momento. ¿Qué día es hoy? —Pregunté, esta vez realmente aturdido. ¿Podría haber transcurrido más de un día desde que emprendí mi viaje interdimensional?

—Hoy es Domingo, Vicente. —Respondió, de nuevo con voz cansada e irritada, ya que detestaba tener que decir cualquier cosa que a él le pareciera lo más mínimamente obvia.

—¿Cómo? —Dije absorto. No me lo podía creer, ese hijo de un camión lleno de mil putas me había sacado de la fantasía más maravillosa que un alma puede experimentar para ayudarle con alguna de sus chapuzas de mierda a cambio de una miseria.

—Joder, Vi. Te pregunto si vienes a echarme una mano con un trabajo. —Esta vez subió el tono de su voz y pude entrever cierta ira, pero él sabía que su niñería no era lo suficientemente afilada para atravesar mi coraza de apatía que nunca descolgaba de mi cuerpo.

—Mira, Marco, dos cosas: estás loco y no vuelvas a llamarme en un día libre para hablarme de trabajo. —Colgué enseguida.

Menudo bastardo mamonazo cabrón asqueroso ladronzuelo y sucio patán, si de por sí el Domingo siempre es un día jodido, el muy mierda me lo había estropeado del todo. Al día siguiente, Lunes, buscó una excusa que no recuerdo y me despidió.


Espero que cuando abandone este cuerpo por fin, solía pensar, no vuelva a ningún otro jamás.


João Gilberto - Amoroso (Full Album)

lunes, 27 de junio de 2022

Mi mente es un buzón al que puedes arrojar mensajes pero nunca recibir contestación, algo así como el altar de una iglesia, hablas con una presencia que nunca responde con palabras.

Sin embargo, sé con certeza que todo pensamiento desencadena una acción y que cada descubrimiento de mi razón me compromete por entero: ora aceptando mi existencia tal cual es, ora renegando de ella con todas mis fuerzas, pero al final de cada huida siempre me rindo ante mi destino. Así como la noche rompe el día, sin excepción, las cosas que están escritas suceden por orden natural. Palabras grabadas con letras doradas en mi pecho, un fuego incandescente que ni los océanos podrían sofocar, este miedo que me atormenta es el mismo combustible que me propulsa. Por una muerte inmediata temo en ocasiones, aunque no es la muerte de mi cuerpo lo que me produce horror, sino la huella que dejase en la memoria de aquellos que aman, a duras penas, a un corazón tan áspero y hosco como el mío.

Nos son las cosas en sí mismas las que brindan la desgracia o la felicidad, sino la idea que tenemos de ellas y las falsas certezas de las que nos jactamos. Y pese a que nuestros sentidos son el único medio para conocer la verdad, sabemos como verdad que los sentidos y el cuerpo demuestran siempre un comportamiento de naturaleza engañosa. No son los hechos reales los que dictan la dicha o el descontento humano, sino las representaciones que nos propone nuestra vacilante conciencia. No es posible alcanzar el conocimiento, no hay manera de alcanzar la sabiduría, diría un sabio.

¿Tanta diferencia hay para el individuo entre la vida y la muerte? Si supiéramos que este es el verdadero infierno, se sentiría aun más tortuoso.


Supertramp - Crime Of The Century (Full Album)

viernes, 24 de junio de 2022

La mayoría de los mortales preferirían elegir una mentira tangible a una verdad inaccesible, escogerían voluntariamente la ignorancia porque la sabiduría exige un precio muy elevado. En ocasiones un hombre podría perder la cordura en busca de la iluminación, con frecuencia, aquellos seres a los que hube interpretado como sabios también eran locos. Pobres diablos, pienso cuando les contemplo, también cuando observo mi reflejo, sin duda el cuerpo y la mente humana no están capacitados para soportar la presión que la verdad absoluta ejerce sobre estos.

¿Cómo entonces encontrar la felicidad, la plenitud, el bienestar y el equilibrio entre uno mismo y el cosmos? Lógicamente no mediante el arrojo del espíritu y del cuerpo a los placeres mundanos de la carne, tampoco a través de la búsqueda incesante del conocimiento y la devoción por la fe. Simplemente no es posible en esta vida encontrar un estado perpetuo de satisfacción, pues menudo enunciado es un dictamen que habla en contra de los más básicos fundamentos que soportan las leyes de la naturaleza y la existencia del Universo. La vida existe y se perpetúa por medio del dolor, y la materia por medio de la destrucción, entre ambos conceptos yace el ser humano que intenta en vano encontrar un balance que los dioses nunca le concedieron. Tal es nuestra desgracia y tal es nuestra dicha, pues el que lo ha perdido todo y no le queda nada ya de lo que desprenderse a ninguna otra desgracia se habrá de anteponer, ya no le quedarán más batallas por librar.

La paz absoluta, por lo tanto, tan sólo se alcanza mediante el dolor transmitido por la experiencia, automáticamente precedida por la muerte (pasiva o no) del cuerpo. Entonces la plenitud y la calma se proclaman infinitas y el gozo se vuelve transparente e insípido, pues tanto la mente, como el cuerpo, como el espíritu, habrán perdido cualquier curiosidad por ningún placer efímero. 

El alma siempre querrá escapar del cuerpo, sospecho, para elevarse a otro plano perfecto al que pertenecía y del cual se desligó por error. 


Y

si existe un Dios, que me perdone,

sólo intento descifrar su aroma.


Harold Budd & Brian Eno - The Pavilion Of Dreams (Full Album)