¿No se siente acaso en ocasiones que el deseo es un contrato consciente entre el yo y el ego, en el que ambas partes aceptan tensión y malestar hasta alcanzar un fin? El capitalismo es consciente de esto e instrumentaliza toda clase de estímulos para hacer creer al individuo que el consumo, el éxito y el acaparamiento son procesos lícitos y correctos con los que llenar ese vacío generado por el deseo insatisfecho. La jaula en la que el ego permanece encerrado, cual fiera de circo, es psicológica y sus barrotes intangibles. Pretenden controlar nuestros deseos, no eliminarlos sino encauzarlos de modo que sean productivos y aporten valor a la sociedad; este valor es siempre medido en una escala económica, pues la máxima del capitalismo es siempre mercantilizar cada pensamiento y emoción.
El Eros pasa a segundo plano: canalizado e hipersexualizado para que se focalice únicamente en comportamientos tóxicos de desfogue. El Tánatos es instrumentalizado como arma en la guerra perpetua de la competencia mutua, la acumulación y el derroche; como fuerza destructiva no se destruye, se emplea como herramienta de represión gracias a su propia conductividad. Así el neoliberalismo ha diseñado la estrategia perfecta de ingeniería social: el control de las masas por medio del gozo personal del mandato superyoico, ya que ese paraíso prometido sobre La Tierra nunca llega a materializarse. Es este goce del rendimiento y la productividad lo que genera el espejismo de una felicidad calculada. El capitalismo no se encarga del malestar, de la deserción social, ni de el cansancio existencial generalizado; aunque canaliza y alimenta el deseo, nunca lo sacia. Este círculo vicioso sistematiza y consolida la propia mecánica opresiva del sistema.
Con su exceso de represión, el capitalismo financiero y el neoliberalismo, han conseguido mutilar de manera tan tajante nuestra conceptualización de la sensualidad y el placer que nuestros deseos, como individuos y como sociedad, no son más que una bizarra amalgama de anhelos vacíos. Así es como fuerzas a todo un planeta a la servidumbre voluntaria.
Únicamente mediante el amor la realización del goce trasciende a la idea del deseo. El goce y el deseo deben ir unidos pues por separado ambos son tóxicos, juntos pueden encontrar equilibrio en el amor. Únicamente Eros nos salvará del placer en la pulsión de muerte.