En el viento viene impresa la caligrafía del tiempo; no son palabras, ni siquiera sonidos o conceptos. Cuando contemplo esta pila de guijarros y tierra que yo mismo creé, introduzco mis manos desnudas en su interior y la gélida humedad de la muerte saluda a mi carne caliente, entonces me estremezco imbuido por una flama incandescente de emociones y lloro por simple pena hacia mí mismo. Recuerdo a los carabinieri buscando culpables en un pueblo perdido en una sierra discreta, recuerdo la última nochevieja con mis abuelos mientras permanecía yo escondido bajo la mesa camilla del comedor siendo consciente de los valiosos momentos que estaba malgastando, recuerdo haber perdido la esperanza en alguna gasolinera del sur de Francia durante la madrugada, recuerdo el lavado gástrico y la sonda reptando colina abajo por mi esófago, recuerdo follar en un portal, recuerdo insultar a mi jefe, recuerdo enamorarme en verano, recuerdo enamorarme de verdad, recuerdo el daño que procuré a las personas cuando pareciera que este volviese de vuelta atraído como las mareas. Recuerdo la lucha contra el deseo y sus infinitas caras.
Tiempo encuentra su manera en la que medir la entropía en y a través de la interfaz del cosmos; forma, contenido y entorno provienen del mismo vientre. Al observar en el espejo el límite que me separa del universo corto el cabello que dejé crecer para que todo el karma caiga sobre mí, para ser un mártir sin culto ni fieles. No dejaré enseñanzas, estrofas brillantes o ideas transgresoras; pero mi cuerpo abonará la tierra que germinará el alimento de otros.
Es que a veces, cuando trato de dormir por la noche, tengo visiones como imágenes proyectadas en las paredes interiores de mis párpados, y veo mi habitación sin abrir los ojos. En otras ocasiones veo el antiguo dormitorio vacío de mi hermano y en otras contemplo bellas panorámicas de paisajes naturales que me llenan de una emoción extraña. Y absolutamente siempre luce un Sol radiante. En esos momentos me encuentro perfectamente consciente, y como tal elijo permanecer con los ojos cerrados para seguir observando a voluntad. Yo sé que cada vez que llegan es para marcharse, pero no pienso en ello cuando están conmigo. Y cuando se marchan simplemente digo adiós.