Cuando la desobediencia no es una opción, sino la única alternativa, rugen los corazones y de las plazas de nuestras ciudades brotan bosques de lonas que cubren la empatía, la valentía y la rudeza de quienes los habitan. Qué hermoso experimento que se autocreplica como un gen, en el que nuevas maneras de gestión colectiva demuestran ser viables, sanas y sostenibles en los mismos centros de las grandes ciudades de España. La forma más refinada de la lucha contra un estado opresor no se lleva a cabo mediante la violencia, sino por medio de la demostración de que otros modelos de gestión y gobierno son posibles sin la intervención o la aprobación del estado. Ese desafío es la sentencia irrevocable al poder estatal, la prueba definitiva que demuestra la soberanía popular del pueblo; y su combustible son el amor, la empatía y los sueños de miles de ciudadanos reconvertidos en revolucionarios anónimos.
Todo nacionalismo es barato en comparación con lo que ofrece el mundo entero, los cobardes son los que odian y la patria su último escondite. Cualquier discurso sin amor está vacío, y yo ya no tengo tiempo para cosas que no tienen alma.
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