Hace unos días se suicidó mi vecino. Se lanzó al vacío desde la terraza hacia el aparcamiento a eso de las doce del mediodía. Encontré su cuerpo acostado en el suelo mientras la sangre que aún le salía del cráneo creaba un pequeño surco que avanzaba con lentitud sobre el pavimento caliente. No lo reconocí al principio, parecía cualquier otra cosa menos una persona sin vida. Era como un atrezo de carne. No le vi la cara, pero no importaba porque estaba seguro de que no quedaba nada escrito en ella. Pensé que me encontraba en un sueño. Llamé a la policía, creo que solo para contárselo a alguien, probablemente no fui el primero en dar aviso y la mujer que atendió la llamada parecía más alarmada que yo. Me dijo que fuese hasta el portal y esperase a la policía para conducirles al lugar del incidente, lo cual no hice.
El tipo tenía la edad de mi padre, se quitó la vida con toda su familia en casa y aterrizó en un estacionamiento vacío bajo mi ventana, desde donde tengo una vista excelente del sitio. El muy hijo de puta me ha marcado con esa visión para el resto de mis días, en mi propia casa, en mi propia habitación. Cada vez que fume un cigarro apoyado en el alféizar voy a acordarme de él.
Llegaron vecinos, más tarde mirones y después la policía, que tapó el cuerpo con una lona blanca y empezó a echar a la gente del lugar. La tela que cubría el cuerpo se manchó parcialmente al absorber la sangre, por el extremo inferior asomaban unos pies desnudos. Dos agentes iban interrogando vecinos, estaban muy nerviosos y parecía su primer suicidio. Me dijeron que querían hacerme unas preguntas sobre lo sucedido, me negué y me pidieron mis datos personales. El más listillo me hizo saber que si no colaboraba tendría que acudir a una citación del juzgado para declarar mi versión de los hechos. Le dije que así sería entonces, pero que hoy nadie me obligaría a hablar sobre el tema. Me marché de la escena tratando de llegar muy lejos, pero el calor del Sol veraniego de la tarde me obligó a detenerme en la sombra y volver a casa.
Más surrealista que la retorcida intimidad entre suicida y espectador fue observar más tarde desde mi ventana esa extraña reunión de seres queridos alrededor del cuerpo, sollozando y gritando como nunca oí, casi de forma inhumana. Testigos de primerísima mano de la miseria que inunda nuestro mundo. No creo que tuviesen expectativas de algo así, nadie las tenía, parecía literalmente el tío más amable y feliz del planeta. Opino que la impresión más chocante que el suicidio genera es la de que nadie está exento de él, esa mórbida sensación de que a cualquiera podría ocurrirle o verse involucrado.
Eventualmente llegó el forense, levantaron el cuerpo y el conserje limpió los restos de sangre usando agua con lejía y una fregona. La espuma se llevó lo que quedaba de mi vecino y su ADN se difuminó en las alcantarillas. Al día siguiente alguien colocó flores donde estuviera el cuerpo, nadie las ha retirado ni aparcado en ese lugar desde entonces.