En la ponzoñosa marea de negras espumas que bañan las orillas de Plutón, ¿encuentra la esperanza un rincón entre la miseria? Cuán soez es este invento del tiempo, como sordina que opaca toda ilusión expectante de tomar vida y torna la vigilia en ese sutil infierno, que descarados, respiramos a cada momento. ¿Qué aullidos condenados de la noche infinita despertarán la demencia en individuos impunes? ¿Qué estrategia que nos libre del sufrimiento pudiere diseñar una computadora de carne? Sabe Caronte que las aguas que remueve no son más que una frontera, que es esclavo de su dharma como cualquier mortal. Qué elegante violencia que no levanta polvo del suelo ni suscita miradas de espanto, qué sutil herida que duele pero no sangra. Dormitando entre los pliegues de la rutina, donde la lógica es forastera, encontraremos la lisonja que de motivo a esta locura.
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