Imaginen que, como por arte de magia, las cabezas de aquellos que robaron nuestra tranquilidad y nuestro futuro se separasen de sus cuerpos espontáneamente. Imaginen también sus cráneos sobre picas secándose bajo El Sol, imaginen siendo desmembradas sus carnes por las gaviotas de nuestra ciudad, sirviendo de atractivo turístico para guiris y viajeros.
Fuera de esta fantasía hay gente viviendo en trasteros, hay gente viviendo en la calle, hay gente que se quita la vida por no tener un hogar; y hay gente que se lucra con ello. La miseria ha sido institucionalizada y la población segmentada, la cultura ha sido atacada y el estado del bienestar sencillamente embaucado. Instrumentalizan el odio, nos vuelven unos contra otros y tratan de reescribir la historia de nuestro pasado. Cada minuto de trabajo, cada pensamiento dirigido, cada céntimo que nos roban les hace a ellos más ricos y poderosos, mientras que a nosotros más debiles. Nosotros somos el pueblo, ellos ya sabes quienes son.
Dos no crean un sistema de dominación si uno no quiere, la guerra civil se encuentra en el interior de los cuerpos, hordas de bots inundan pantallas con falsos comentarios más afilados que el bigote de Orwell. El caos es la normalidad, el odio indiscriminado la nueva norma, la ley es la del más fuerte; como siempre lo fue. Extorsión sistematizada de la realidad, la desinformación es diseñada en despachos y fabricada en cadenas de producción, nuevo falso prestigio social que se evapora al contacto con la razón como NFTs al viento. El monopolio de la violencia lo posee el estado, pero el pueblo posee toda la fuerza. Entonces, ¿por qué no levantarse?
Moriremos en este mundo pusilánime, repleto de miseria, injusticia e ignorancia, pero quienes hereden el siguiente, tomarán un mundo de amor y empatía.