Si hasta las constituciones, los himnos, los lemas, los escudos o los valores nacionalistas y patrióticos de los estados valoran cada cuerpo como una herramienta de muerte, como un soldado potencial, leal y servicial a la patria, ¿cómo no va a ser el origen de la violencia en nuestra sociedad algo sistémico? Es la absurda lógica capitalista de acumulación y competición dentro de un marco de escasez artificial, sumada a la retórica militarista y agresiva de los estados-nación, la que informa a la intuición de nuestros jóvenes de que la gloria se alcanza matando y de que el éxito o status se logra mediante posesiones materiales: el problema es cultural, moral y existencial. No es la competencia del individuo ni el libre mercado lo que crea el bienestar común o particular, sino la cooperación en colectivo. Vivimos en una sociedad enferma y el capitalismo no es un síntoma, sino la propia infección, cuyo origen es de carácter político y económico, pero que alcanza a gangrenar incluso los cuerpos, las almas y las mentes.
El concepto de estado-nación se basa fundamentalmente en el diseño de un orden militarista basado en el monopolio de la violencia, la cohesión de la voluntad popular y la subyugación de pueblos menos desarrollados en el arte de la guerra; es por eso que nuestras plazas y avenidas son presididas por estatuas de generales y asesinos. Así la sociedad crea y fomenta el desarrollo de guerreros, individuos normalmente autopercibidos como hombres, cuya moral es la de la guerra, la del honor, la de encontrar un sentido a la existencia imponiendo su voluntad de poder sobre los débiles por medio de la violencia. El guerrero vive para que los demás le perciban como guerrero, este no se adapta a las circunstancias, sino que las cambia en la medida de lo posible pues siempre se identifica con su yo. Es mediante este razonamiento que la violencia institucionalizada del estado se ve no solo justificada, sino necesaria para la supervivencia del colectivo.
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